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Una de las abundantes reflexiones que
inevitablemente los dos amigos consideraban para sí mismos, a tenor
de los acontecimientos ocurridos últimamente en sus vidas, era
pensar que pocas cosas más podían quedar en el mundo que los
pudiera sorprender como antes de aquella noche en el almacén del
museo. Pero, al parecer, la capacidad de asombro de una persona no
tiene porqué ser inversamente proporcional al número de fenómenos
increíbles presenciados o experiencias lisérgicas vividas a lo
largo del tiempo, pues los dos se quedaron totalmente estupefactos
después de que Leo ascendiese a los cielos de la mano de Iván.
Pasado el asombro inicial el conservador, siempre con el cerebro en
ebullición, insistió en probar otra vez, en esta ocasión
agarrándose a las manos de su colega. De nuevo ascendieron al mismo
tiempo, aunque esta vez un par de metros metros más, sin que a Iván
le costase más esfuerzo del habitual. Ambos estaban realmente
asombrados y apenas podían especular con la teoría de que, dentro
de la expresión “a voluntad”, el anciano incluyese a todo lo que
Iván estuviese tocando en el instante de elevarse, pero… ¿todo?
No tuvieron casi ni que dirigirse la palabra. Apenas intercambiaron
una mirada e Iván abrió las puertas de la nave para que Leo
introdujese su monovolumen en el interior. ¿Para que probar con
otras cosas, pudiendo hacerlo a lo grande? Leo situó el coche casi
en el centro de la nave y se bajó. Acto seguido, Iván puso
sus manos sobre el capó y cerró los ojos. El auto, de más de mil
quilos, se despegó del suelo con relativa facilidad y ambos
comenzaron a ascender lentamente pero, al llegar al metro de altura,
Iván fue incapaz de continuar. Probó hasta tres veces más, pero
siempre con un resultado similar. Mientras tanto, Leo lo observaba
atento y pensativo, pero con una leve sonrisilla asomando por la
comisura de los labios. Ahora sí, esto ya rizaba el rizo. Había que
dar sin demora el siguiente paso, pensó.
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