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Por primera vez desde que había comenzado su trabajo como ayudante
de Leo, Iván sintió un disgusto casi pueril. No le apetecía ni lo
más mínimo ponerse a limpiar viejos cacharros, pero por supuesto,
en lugar de pillarse un berrinche o dejar de respirar a ver si así
su amigo se compadecía de el, obedeció.
Comenzaron a sacar piezas de la primera caja y a colocarlas
alineadas sobre la mesa. Tal y como imaginaban, había sobre todo
utensilios sencillos de uso doméstico: multitud de pequeñas vasijas
de barro, humildes, pero bellamente adornadas; dos embudos que le
resultaron muy curiosos, también de barro; tres lámpa.ras, una
tetera y seis bandejas de bronce; una vasija para sacar agua y dos
escudillas. Por ultimo sacaron una vieja bolsa de tela que contenía
piezas sueltas de collares y abalorios diversos. Una vez colocado
todo encima de la mesa, Leo concluyó que deberían limpiar y
clasificar las piezas de la primera caja antes de abrir la segunda o
no tendrían espacio suficiente para todo, así que le dijo a su
ayudante que se limitarían a adecentar el contenido que tenían de
la primera caja y a la mañana siguiente terminarían el trabajo.
Esto alivió un poco a Iván, que vio sus perspectivas de horas
extras reducidas a la mitad al igual que las ganas de hacer pucheros,
así que con ánimos renovados preguntó a Leo la manera más
correcta de limpiar aquellos vetustos objetos para no cometer un
error irreparable. El conservador se dirigió a la destartalada mesa
de oficina sobre la que guardaba una multitud de objetos diversos y
volvió con un par de pinceles gruesos, unas bayetas amarillas y un
recipiente con un líquido indeterminado.
- Todo lo de cerámica, debido a su fragilidad, lo limpiaremos simple y suavemente con estos pinceles. En cuanto a las piezas de bronce, emplearemos este líquido milagroso especial hecho por mí a base de bicarbonato y zumo de limón.
- ¿Bicarbonato y zumo? – contestó Iván extrañado-. Suena más a un brebaje de esos que se toman cuando estás de resaca.
- Coge la bayeta, humedécela un poco y comienza a frotar con mucho mimo. Te sorprenderá como funciona el brebaje. Practica primero con algo sencillo. Esas tres viejas lamparas de aceite servirán.
Iván tomó entre sus manos una de las lámparas y comenzó a
limpiarla con suavidad. Observó con agrado cómo la pátina verdosa
producida por el paso del tiempo comenzaba a desaparecer con bastante
facilidad con cada pasada, y dejaba paso a un brillo que sorprendía
contemplar en un objeto por el que habían pasado tantos siglos. En
apenas tres minutos la lámpara estaba impecable y brillante, como
recién forjada, e Iván se observaba reflejado en ella satisfecho.
- Buen trabajo – le dijo Leo girando la lámpara entre sus manos observando también su bigote reflejado en el metal-, ahora limpia otra y deja la tercera tal como está. Puede que nos interese el contraste visual entre todas. Algo así como un antes y un después.
- Tanto mejor –dijo Iván complacido de que el trabajo desapareciese por momentos y, por qué no decirlo, con un puntito de orgullo al escuchar a su amigo pluralizar como si la exposición fuese mérito de ambos.
Con el líquido milagroso, mojó un poco la bayeta, que empezaba a
adquirir una tonalidad amarillo-verdosa, y cogió la segunda lámpara
entre sus manos. Comenzó a frotar con suavidad al igual que con la
primera, pero esta vez notó algo distinto. Era como si la superficie
estuviese rugosa o algo similar, no sabría explicarlo. Se detuvo
para tocar el bronce con sus dedos y comprobó que su sentido del
tacto se había equivocado, y que estaba perfectamente liso a
excepción de las leves imperfecciones del verdín. Continuó
limpiando, pero apenas unos segundos después volvió a tener la
misma sensación, esta vez más fuerte. No tenía nada que ver con la
superficie del objeto. Era como un temblor, como si dentro de la
lámpara estuviese hirviendo agua. Se detuvo en seco.
Lo primero que pensó es que le estaba dando algo, un ictus o un
derrame a algo muy, pero que muy malo. Su propia sugestión lo llevo
al borde de un bajón de tensión. Respiró hondo varias veces y se
tranquilizó “estás cansado, tienes hambre y han sido muchas
emociones estos días”. Ese mantra interior le tranquilizó lo
suficiente como para darse ánimos y terminar el trabajo. Humedeció
el paño de nuevo y retomó la limpieza, pero el temblor volvió al
momento. De repente se percató de que dentro se podía haber metido
algún roedor y eso le produjo mucho asco; no estaba en su contrato
manipular animales con posibles infecciones traídas del lejano
oriente.
Dudando, volvió a coger el objeto para intentar continuar pero, a
una nueva pasada del paño con líquido, una fortísima sacudida le
sacó un grito de su interior e hizo que la lámpara cayese de sus
manos al suelo. Leo, que hasta ese momento estaba limpiando la
cerámica y no se había percatado de nada, observó perplejo cómo
su amigo se había quedado pálido y petrificado, al igual que un
mimo de los que aguantaban inmóviles en Las Ramblas todo el día a
cambio de unas monedas, pero justo cuando iba a abrir la boca para
preguntar qué ocurría, un poderoso chorro de algo semejante a vapor
a presión salió del interior de la lámpara de bronce, que seguía
en el suelo agitándose y cubrió por completo a Iván haciéndolo
desaparecer de su vista.
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